Mensaje para los Jovenes

Un mensaje bíblico

Primeramente

“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.

Mateo 6:33

Cada día nos presenta diversas opciones y nos llama a reflexionar sobre lo que es más importante. Es imposible responder a todas las invitaciones, pues el tiempo transcurre demasiado rápido. En nuestro trabajo profesional quizá no tengamos que hacer muchas elecciones, sino más bien efectuar tareas; lo importante es cómo las realizamos bajo la mirada del Señor: “Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17).

Discernir las prioridades durante nuestro tiempo libre es algo más serio. Entonces, a cada uno de nosotros se aplica la exhortación: “Buscad primeramente el reino de Dios”.  Es perfectamente normal tener momentos de descanso, de ejercicio físico, de contactos familiares o fraternales. Y es preciso saber qué piensa el Señor respecto a cada uno de ellos. Ante todo, lo importante es que él “en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

– Los exámenes se acercan: ¿Haré uso del día del Señor para prepararlos mejor, o tendré la fe suficiente para creer que, dándole a él el primer lugar, las pruebas inminentes no resultarán perjudicadas?

– Hoy me siento cansado:¿Me quedaré durmiendo un poco más, o me levantaré lo suficientemente temprano para poder tener ese momento matinal con mi Señor, a fin de recoger “el maná” del día?

– ¿Voy a emplear en otra cosa el tiempo en que podría estar reunido en torno al Señor, con los suyos, para orar o estudiar su Palabra?

– Si a veces el Espíritu me estimula a consagrar un momento a la oración, o incluso una o más horas para meditar y escuchar la Palabra de Dios, ¿responderé que hay otras cosas que debo hacer antes?

La viuda de Sarepta solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite en una vasija, lo cual era muy poco para ella y su hijo. No obstante, el siervo de Dios le dijo claramente: “Hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo”(1 Reyes 17:13). La viuda actuó de acuerdo con las palabras del profeta, y la bendición reposó sobre su casa durante un año. “El que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera… para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad” (2 Corintios 9:10-11).

“Saca primero la viga de tu propio ojo”. Mateo 7:5

¡Cuán fácilmente encontramos una paja en el ojo de nuestro hermano! Olvida tal deber, no piensa mucho en su familia, no responde a la ayuda que se espera de él…Y de esta manera le descubrimos otros pequeños defectos, los cuales vemos más en el prójimo que en nosotros mismos. En el fondo pensamos: «Yo no soy así», y nos gloriamos, al menos en lo interior, de responder correctamente a lo que se nos presenta, sea en el aspecto espiritual o material. Sin embargo, en nuestro corazón se esconden otros defectos más graves (“la viga”), y tarde o temprano se manifestarán. El Señor Jesús nos exhorta a quitar “primero la viga” de nuestro ojo, a limpiar “primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio” (Mateo 23:26).

“Señor, permíteme… primero…”. Mateo 8:21

El discípulo que pedía permiso al Señor para enterrar primero a su padre y después seguirle, no se daba cuenta de que ponía su propia persona antes que la fidelidad al Señor. Jesús le respondió: “Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos” (v. 22); no le pidió que olvidase sus deberes familiares. La respuesta del Señor nos deja entrever que lo que preocupaba a este discípulo no era tanto su padre, ¡sino él mismo! Otro también le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa” (Lucas 9:61). Allí estaba el obstáculo: déjame… primero, y eso le impedía seguir fielmente a Jesús.

“Anda, reconcíliate primero con tu hermano”.  Mateo 5:24

Estamos preparándonos para llevar la ofrenda al altar, lo que para el creyente significa ofrecer a Dios el “fruto de labios que confiesan su Nombre”, el nombre de Jesús (Hebreos 13:15), pero nuestro corazón está cargado, hay un obstáculo: sabemos a ciencia cierta que un hermano tiene algo contra nosotros. ¿Qué nos pide el Señor? “Anda, reconcíliate primero con tu hermano”.

Reconciliarse significa que hay una enemistad recíproca. Quizás el hermano está equivocado al tener una queja contra mí, pero tal vez soy yo quien le ha dado la ocasión. Entonces, lo primero que debemos hacer es reconciliarnos.

La Palabra no dice: «Espera que él venga a ti», sino: “anda, reconcíliate primero”. Es una iniciativa difícil de tomar, pues pide que antes reconozcamos delante del Señor nuestra propia falta y sintamos en su presencia el deseo profundo de ver restablecerse una feliz comunión con el hermano. El enemigo hará todo lo posible para que esto no se lleve a cabo; pero acordémonos de que Uno, Jesús, mucho más poderoso que él lo ha vencido.

André

 

 

Un vaso… útil al Maestro

Si pues se purificare alguno de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. 2 Timoteo 2:21, V. M.*

Estas palabras son tomadas de la última carta que el apóstol Pablo, prisionero por segunda vez en Roma, escribió a Timoteo. Veía el deterioro de la Iglesia y presentía los tiempos difíciles que se acercaban; por eso daba instrucciones a su hijo “en la fe” sobre la manera de conducirse en tiempos de ruina. Las exhortaciones del gran apóstol de las naciones tienen, pues, particular importancia para los creyentes que vivimos en tiempos malos.

En primer lugar, ¿qué es un vaso? Es un recipiente que sirve para contener algo o simplemente para adornar. A menudo la Palabra de Dios compara al hombre con un vaso. Como el barro en las manos del alfarero, así es el hombre en las manos de Dios, quien tiene el poder para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para usos viles (Jeremías 18:4-6; Romanos 9:21). En su gracia Dios llama al hombre –por naturaleza pecador y perdido– para darle la salvación y la vida eterna. Dios busca vasos vacíos para llenarlos de sí mismo, de su Espíritu, como Eliseo, el profeta de la gracia, se regocijaba de que la viuda pobre llenase de aceite las vasijas que había reunido a petición suya (2 Reyes 4:4).

Nota: En la versión Reina-Valera 1960 el término vaso es traducido por instrumento.

El creyente no solo es comparado con un vaso de barro, lo cual es muy apropiado para darnos a entender lo débiles que somos, sino también, en lo que se refiere a su posición ante Dios, con un vaso de oro, de plata o incluso de bronce bruñido (2 Timoteo 2:20, V. M.; Esdras 8:27). Redimido por la sangre de Cristo y revestido de la justicia de Dios, el creyente es, en efecto, un vaso de valor que debe brillar para la gloria de Dios, ya aquí en la tierra, esperando hacerlo de un modo perfecto cuando el Señor sea glorificado en sus santos y admirado en todos los que creyeron en Él (2 Tesalonicenses 1:10). Dios preparó de antemano esos vasos de misericordia para el cielo, a fin de “hacer notorias las riquezas de su gloria” (Romanos 9:23). Todas sus perfecciones en gracia, bondad, fidelidad, paciencia, longanimidad y poder, todo el alcance de su amor, serán manifestados en los santos glorificados.

El propósito de Dios al elegir y preparar vasos (o instrumentos) para su gloria es emplearlos para su servicio. Así puso aparte al apóstol Pablo como un “instrumento escogido… para llevar mi nombre en presencia de los gentiles” (Hechos 9:15). Dios ha resplandecido en el corazón de los suyos y se les ha revelado en la Persona de Cristo para que ellos, a su vez, muestren algo de Él en sus vidas. Pero a menudo los creyentes guardan para sí mismos el tesoro que Dios ha puesto en sus corazones. Entonces Dios permite que sus cuerpos, esos vasos de tierra, sean quebrados, como lo fueron las vasijas de los hombres valientes de Gedeón (Jueces 7:19-20), para que la luz brille más afuera. Cuanto más débil sea el instrumento, más claro estará que la excelencia del poder es de Dios y no del hombre (2 Corintios 4:6-7). El creyente es afinado por el fuego de la prueba, cual metal precioso, para que al fundidor le salga una alhaja (Proverbios 25:4).

Según 2 Timoteo 2:21, se requieren dos condiciones para que un utensilio o vaso pueda ser útil al Señor. Se necesita que sea para uso honroso y que haya sido santificado.  El que quiera ser un vaso útil debe apartarse de la iniquidad, es decir, de todo lo que no es conforme a la verdad.  Un creyente llega a ser un utensilio para usos honrosos separándose, purificándose de los vasos para usos viles.  Dios permite que esa mezcla de utensilios para usos tan distintos subsista en la cristiandad a fin de probar el corazón de los fieles. Para que un vaso pueda ser empleado se requiere, además de ser nuevo –imagen de la nueva naturaleza– que tenga sal (2 Reyes 2:20), es decir, que haya una verdadera separación, puesto aparte para Dios.

También es preciso que el vaso haya sido santificado y consagrado a Dios. En lo que a su posición se refiere, todos los creyentes son santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre (Hebreos 10:10, 14). Pero en cuanto al andar diario, somos exhortados a limpiarnos “de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). El creyente debe ocuparse en esta santificación. Mediante el poder del Espíritu que mora en él, debe combatir y velar constantemente. Por una parte, la Palabra de Dios ejercerá su acción santificante sobre él; pues el mismo Señor dijo: “Santifícalos en tu verdad”, y añadió: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Por otra parte, la oración le guardará en el necesario estado de dependencia.  Recordemos que un vaso consagrado a Dios no puede destinarse para un uso profano, como lo prueba el juicio que cayó sobre el impío Belsasar el día en que hizo traer los vasos procedentes del templo de Salomón para beber con sus grandes y adorar a sus dioses (Daniel 5).

En la medida en que el creyente sea constante en santificarse, en consagrarse así a Dios, será un instrumento útil al Señor, y no solo útil, sino dispuesto para toda buena obra. Estas buenas obras son el fruto de la fe; son la manifestación de la vida divina en las circunstancias de cada día. Alguien dijo que las buenas obras son el fruto de la separación y del amor. Dios, quien preparó los vasos, también preparó de antemano las buenas obras “para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Sea que se hagan para el Señor, para los cristianos o para los hombres en general, deben hacerse en el nombre de Cristo y para Dios; esto es lo que les confiere el carácter de buenas obras. Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Cuando el corazón está consagrado y ama al Señor por encima de todo, entonces está preparado para toda buena obra. Quizás el servicio sea pequeño, insignificante a los ojos de los hombres, pero no por ello el creyente dudará de hacerlo con gozo. El Señor mismo prepara el camino, solo hay que recorrerlo con la fuerza que Dios da.

H.Cuendet

“¿Qué has hecho?”

Génesis 4:10

 Esta fue la pregunta que Dios hizo a un joven, a Caín, después de que este asesinó a su hermano Abel. Tras haber realizado su crimen, Caín no pudo escapar de Dios, de la misma manera que Adán, después de pecar, tampoco pudo esconderse de él. Dios fue al encuentro de Caín para pedirle cuentas por el horrible pecado que acababa de cometer: “¿Qué has hecho?”, y fue preciso que Caín respondiese.

Y tú que lees estas líneas, joven o no, ¿has pensado alguna vez que Dios te hace esta misma pregunta? Y lo que es más serio, te la hace hoy. Es necesario que respondas a esta pregunta solemne. No digas: «No tengo tiempo para reflexionar en ello», o «no soy un asesino como Caín»; no te encojas de hombros diciendo: «Ya pensaré en ello más adelante». No creas que puedes librarte de esta pregunta. Es verdad que por el momento bien puedes escapar de ella y esconderte como un cobarde, si no tienes la valentía de mirar las cosas de frente, es decir, mirarte a ti mismo y dejar hablar a tu conciencia. Pero debes saber que llegará un día en que esta pregunta, hecha por Dios a Caín, será hecha a cada ser humano individualmente. Si no has respondido a ella durante tu vida, tendrás que hacerlo después, cuando ya no te sea posible esconderte.

¿Y qué responderás? Quizá, como los hermanos de José, culpables, al menos intencionalmente, del mismo crimen que Caín, dirás: «Soy un hombre honesto», o «he trabajado mucho para los demás», o «cumplo escrupulosamente con mis deberes religiosos». ¡Ah!, no continúes, pues no has comprendido la pregunta. No se trata de decir lo que has hecho para ti en esta vida; lo que Dios te pregunta es: ¿Qué has hecho de tu hermano? Esta es la pregunta. ¿Qué has hecho de Cristo, de aquel que siendo Dios se hizo hombre para poder llamar a unos hombres sus “hermanos”? Sí, ¿qué has hecho de él? ¿Eres de los que le han menospreciado? ¿Eres de aquellos que, al pasar delante de la cruz, meneaban la cabeza? ¿Eres de los que le clavaron en la cruz? Ahora eres tú el que no me dejas continuar y argumentas: «¿Cómo lo habría hecho, si hace casi dos mil años que ocurrieron estas cosas?». Sí, lo sé, pero aún hoy hay muchos que le desprecian, que menean la cabeza delante de la cruz y que crucifican al Hijo de Dios. Porque hoy también se le rechaza, se le crucifica. ¿Qué has hecho? Dilo antes que sea demasiado tarde.

Y si ahora respondes como lo hizo el profeta estando en la presencia de Dios: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:5), o como Pedro cuando comprendió que Aquel que le hablaba era el Señor: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8), entonces, y solo entonces, Dios te mostrará lo que Él ha hecho; te mostrará la cruz, y podrás decir: «Soy salvo, ha sido hecha propiciación por mi pecado».

Mi deseo es que hayas pasado por esta experiencia, que hayas respondido a la pregunta hecha por Dios, y puedas decir mirando a Aquel que fue crucificado: «Tú eres mi Salvador». Y si este no es tu caso, no pierdas más el tiempo: aunque seas joven, tus minutos están contados. No leas aún el final de este artículo, porque quién sabe si cuando llegues allí, ya habrá pasado el momento favorable. Arrodíllate ahora mismo, y respondiendo a la pregunta de Dios, dile lo que has hecho; después mira a la cruz y agradece a Jesucristo por todo lo que él hizo por ti.

Pero no te detengas ahí. Desgraciadamente son muchos los que se detienen en la cruz. Si Dios te ha llevado a ella, es para que prosigas tu camino en esta tierra no viviendo ya más para ti, sino para él. Incluso siendo cristiano oirás nuevamente la misma pregunta: “¿Qué has hecho?”, cuando el Señor Jesús juzgará a los vivos y a los muertos. Tendrás que decirle todo lo que has hecho de esta vida que él te ha dado. ¿Qué has hecho de tu juventud? ¿Qué has hecho de los dones que has recibido? ¿Qué has hecho de su Palabra? ¿Qué has hecho para los suyos, para todas las personas con las cuales él te ha puesto en relación para ser su testigo? ¿Qué has hecho de los bienes materiales, la salud, la inteligencia que ha puesto en tus manos? Finalmente, ¿qué has hecho de Cristo en tu vida? Pídele esta fuerza que te falta para avanzar victoriosamente en la vida, con él y para él. Piensa en lo que ocurrirá si te ves obligado a responder bajando la cabeza: «No he hecho nada para ti, he despreciado tus dones, te he negado a ti, mi Salvador»

M. J. K.

“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu… y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12-13).

“El reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:14-21).

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Un vaso… útil al Maestro

Si pues se purificare alguno de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. 2 Timoteo 2:21, V. M.*

Estas palabras son tomadas de la última carta que el apóstol Pablo, prisionero por segunda vez en Roma, escribió a Timoteo. Veía el deterioro de la Iglesia y presentía los tiempos difíciles que se acercaban; por eso daba instrucciones a su hijo “en la fe” sobre la manera de conducirse en tiempos de ruina. Las exhortaciones del gran apóstol de las naciones tienen, pues, particular importancia para los creyentes que vivimos en tiempos malos. En primer lugar, ¿qué es un vaso? Es un recipiente que sirve para contener algo o simplemente para adornar. A menudo la Palabra de Dios compara al hombre con un vaso. Como el barro en las manos del alfarero, así es el hombre en las manos de Dios, quien tiene el poder para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para usos viles (Jeremías 18:4-6; Romanos 9:21). En su gracia Dios llama al hombre –por naturaleza pecador y perdido–para darle la salvación y la vida eterna. Dios busca vasos vacíos para llenarlos de sí mismo, de su Espíritu, como Elíseo, el profeta de la gracia, se regocijaba de que la viuda pobre llenase de aceite las vasijas que había reunido a petición suya (2 Reyes 4:4).

El creyente no solo es comparado con un vaso de barro, lo cual es muy apropiado para darnos a entender lo débiles que somos, sino también, en lo que se refiere a su posición ante Dios, con un vaso de oro, de plata o incluso de bronce bruñido (2 Timoteo 2:20, V. M.; Esdras 8:27). Redimido por la sangre de Cristo y revestido de la justicia de Dios, el creyente es, en efecto, un vaso de valor que debe brillar para la gloria de Dios, ya aquí en la tierra, esperando hacerlo de un modo perfecto cuando el Señor sea glorificado en sus santos y admirado en todos los que creyeron en Él (2 Tesalonicenses 1:10). Dios preparó de antemano esos vasos de misericordia para el cielo, a fin de “hacer notorias las riquezas de su gloria” (Romanos 9:23). Todas sus perfecciones en gracia, bondad, fidelidad, paciencia, longanimidad y poder, todo el alcance de su amor, serán manifestados en los santos glorificados.

El propósito de Dios al elegir y preparar vasos (o instrumentos) para su gloria es emplearlos para su servicio. Así puso aparte al apóstol Pablo como un “instrumento escogido… para llevar mi nombre en presencia de los gentiles” (Hechos 9:15). Dios ha resplandecido en el corazón de los suyos y se les ha revelado en la Persona de Cristo para que ellos, a su vez, muestren algo de Él en sus vidas. Pero a menudo los creyentes guardan para sí mismos el tesoro que Dios ha puesto en sus corazones. Entonces Dios permite que sus cuerpos, esos vasos de tierra, sean quebrados, como lo fueron las vasijas de los hombres valientes de Gedeón (Jueces 7:19-20), para que la luz brille más afuera. Cuanto más débil sea el instrumento, más claro estará que la excelencia del poder es de Dios y no del hombre (2 Corintios 4:6-7). El creyente es afinado por el fuego de la prueba, cual metal precioso, para que al fundidor le salga una alhaja (Proverbios 25:4).

Según 2 Timoteo 2:21, se requieren dos condiciones para que un utensilio o vaso pueda ser útil al Señor. Se necesita que sea para uso honroso y que haya sido santificado. El que quiera ser un vaso útil debe apartarse de la iniquidad, es decir, de todo lo que no es conforme a la verdad.  Un creyente llega a ser un utensilio para usos honrosos separándose, purificándose de los vasos para usos viles.  Dios permite que esa mezcla de utensilios para usos tan distintos subsista en la cristiandad a fin de probar el corazón de los fieles. Para que un vaso pueda ser empleado se requiere, además de ser nuevo –imagen de la nueva naturaleza– que tenga sal (2 Reyes 2:20), es decir, que haya una verdadera separación, puesto aparte para Dios.

También es preciso que el vaso haya sido santificado y consagrado a Dios. En lo que a su posición se refiere, todos los creyentes son santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre (Hebreos 10:10, 14). Pero en cuanto al andar diario, somos exhortados a limpiarnos “de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). El creyente debe ocuparse en esta santificación. Mediante el poder del Espíritu que mora en él, debe combatir y velar constantemente. Por una parte, la Palabra de Dios ejercerá su acción santificante sobre él; pues el mismo Señor dijo: “Santifícalos en tu verdad”, y añadió: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Por otra parte, la oración le guardará en el necesario estado de dependencia.  Recordemos que un vaso consagrado a Dios no puede destinarse para un uso profano, como lo prueba el juicio que cayó sobre el impío Belsasar el día en que hizo traer los vasos procedentes del templo de Salomón para beber con sus grandes y adorar a sus dioses (Daniel 5).

En la medida en que el creyente sea constante en santificarse, en consagrarse así a Dios, será un instrumento útil al Señor, y no solo útil, sino dispuesto para toda buena obra. Estas buenas obras son el fruto de la fe; son la manifestación de la vida divina en las circunstancias de cada día. Alguien dijo que las buenas obras son el fruto de la separación y del amor. Dios, quien preparó los vasos, también preparó de antemano las buenas obras “para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Sea que se hagan para el Señor, para los cristianos o para los hombres en general, deben hacerse en el nombre de Cristo y para Dios; esto es lo que les confiere el carácter de buenas obras. Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Cuando el corazón está consagrado y ama al Señor por encima de todo, entonces está preparado para toda buena obra. Quizás el servicio sea pequeño, insignificante a los ojos de los hombres, pero no por ello el creyente dudará de hacerlo con gozo. El Señor mismo prepara el camino, solo hay que recorrerlo con la fuerza que Dios da.

H.Cuendet

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Un mensaje bíblico

Tres horas de tinieblas

El Señor Jesús estuvo en la cruz aproximadamente durante seis horas. Las «primeras» tres horas transcurrieron a la luz del día, los enemigos se mofaban y los transeúntes blasfemaban. Después de que los hombres desfogaron su odio en él, hubo tres horas de tinieblas. Ahora nos ocuparemos con lo que sucedió durante ellas.

El evangelista Marcos dice que era “la hora tercera” cuando crucificaron al Señor Jesús (Marcos 15:25). Según nuestra medición del tiempo, eran las nueve de la mañana 1).

A la hora sexta, es decir, al mediodía, “hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena” (Marcos 15:33), es decir, hasta las tres de la tarde. En ese momento el Señor Jesús todavía estaba sufriendo la tortura física de la crucifixión. Pero entonces se agregó a su alma una carga incomparable debido al juicio de Dios para con él. Durante estas tres horas hubo “tinieblas sobre toda la tierra”, y el silencio reinó en el Gólgota.

1) Según la cronometría judía, el día comienza a las 6 de la tarde.

Las 24 horas del día se dividen en 12 horas de día (6 de la mañana

a 6 de la tarde) y 12 horas de noche (6 de la tarde a 6 de la mañana).

 

En estas «últimas» tres horas Dios juzgó al Señor Jesús por nuestro pecado y por nuestros pecados. Fue un juicio justo y sin piedad que el Dios santo ejecutó sobre Cristo Jesús Hombre: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…” (Romanos 8:32). ¡Allí “el justo” sufrió “por los injustos”! (1 Pedro 3:18). ¡Allí el Salvador sufrió por usted y por mí!

En esos momentos el Señor Jesús llevó nuestros pecados, los suyos y los míos, “en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24): todos los malos pensamientos, malas palabras, acciones y malos caminos de toda nuestra vida. Durante este tiempo también fue hecho pecado, es decir, fue tratado como si él fuera el origen de todo lo malo que hicimos nosotros: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). Algunos pasajes del Antiguo Testamento nos muestran proféticamente que el Salvador sufrió infinitamente bajo este juicio:

  • “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (Salmo 42:7).
  • “Sobre mí reposa tu ira, y me has afligido con todas tus ondas” (Salmo 88:7).
  • “Sobre mí han pasado tus iras, y me oprimen tus terrores” (Salmo 88:16).

Mientras nuestro Señor pasaba por todos los sufrimientos en las primeras tres horas, tenía comunión con su Dios.  El apóstol Pedro escribe al respecto: “… el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:22-23).

Evidentemente, esto fue diferente en las últimas tres horas; en el transcurso de estas, el Señor Jesús “clamó a gran voz, diciendo:… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). Son palabras del Salmo 22 donde además está escrito: “Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo” (Salmo 22:2). Esto nos describe algo de los sentimientos del Señor. Clamó de día (pues era entre el mediodía y las tres de la tarde) y clamó de “noche” (durante estas tres horas de tinieblas). A diferencia de todo lo que había pasado antes, mientras había aguantado todo en comunión con su Dios, ahora no había “reposo” para él, es decir, en estas horas de tinieblas no pudo disfrutar de la comunión tranquilizadora y consoladora con su Dios. Sufrió enormemente porque Dios lo había abandonado.

Señor, nos recordamos como sufriste aquí,

El Sustituto santo, herida tu alma así;

El cáliz de amargura con plena sumisión,

Tú mismo lo agotaste, Señor, ¡qué redención!

La muerte, Tú sondeaste en su profundidad,

Pagando con tu vida la gran penalidad;

Mas ¿cuál no fue el tormento que tu alma allí sufrió,

Cuando el divino rostro de Ti Dios apartó?

(Himnos & Cánticos Nº 44)

Estas pocas impresiones de los sufrimientos de Cristo nos llevan a alabar y a adorar. Y deberíamos pensar en ellos más de una vez a la semana. Aparte de eso, ocuparnos con estos sufrimientos también tiene consecuencias para nuestra vida práctica:

“… Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 Pedro 2:24).

El Señor Jesús es digno de que lo honremos. Sin embargo, no quiere solamente que lo adoremos; también desea que llevemos una vida en santificación y justicia práctica, es decir, una vida que coincida con Dios y su Palabra.  F. Runkel

De «Folge mir nach», 10/2014

“Casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22).

“Ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).

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En el huerto con él Juan 18:26

Cuando Moisés se acercó a la zarza ardiente, oyó la voz de Dios que decía: “Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5). ¡Cuánto más el huerto de Getsemaní es para nosotros una tierra santa, a la que solo podemos acercarnos hasta cierta distancia, con toda reverencia y adoración!

En la orilla del Jordán, Jesús, “mirándole”, dijo a su futuro discípulo: “Tú eres Simón… tú serás… Pedro” (Juan 1:42). Y desde aquella pesca milagrosa, durante la cual reconoció ser pecador, Simón, convertido en Pedro, siguió a Jesús (Lucas 5:8-11).

“Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Jesús iba a lavar los pies de sus discípulos, pero Pedro se oponía a ello. Entonces Jesús tuvo que decirle: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después… Si no te lavare, no tendrás parte conmigo… no me puedes seguir ahora” (Juan 13:7-8, 36). Pedro no estaba dispuesto a reconocer su ignorancia ni su incapacidad: “Mi vida pondré por ti”, dijo en el versículo 37.

Jesús se fue con sus discípulos “al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto” (Juan18:1). Tal como lo había hecho en el momento de la resurrección de la hija de Jairo y en el monte de la transfiguración, tomó con él solo a tres discípulos: Pedro, Jacobo y Juan. Esa noche seguramente recordaron la habitación donde la joven había sido devuelta a sus padres, o la montaña donde Moisés y Elías habían hablado con el Señor Jesús acerca de la muerte que iba a sufrir más adelante en Jerusalén. Esta vez no era el poder de resurrección ni la visión de la gloria futura lo que estaba ante los tres discípulos, sino un hombre afligido y angustiado. “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Marcos 14:33-34). Jesús les pidió que velasen y orasen; mientras tanto él se alejó de ellos a distancia “como de un tiro de piedra”, es decir, la distancia desde la cual un pastor puede lanzar una piedra hasta la oveja que se descarría, para hacerla volver al rebaño.

Era la noche de la Pascua; había, pues, luna llena; a su luz, los discípulos pudieron distinguir a su Maestro de rodillas, orando. Después se durmieron. Como antaño, en Moriah, el Padre y el Hijo estaban solos (Génesis 22).

No obstante, el Espíritu de Dios ha querido hacernos entrar, aunque sea un poquito, en la “angustia” del combate que el alma del Salvador tuvo que sufrir en esa hora suprema. Primeramente pidió al Padre: “Si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Después de haber vuelto a los discípulos y hallarlos dormidos, se alejó una vez más y oró de nuevo: “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (v. 42). Luego volvió a los suyos, que seguían durmiendo, pero no les dijo nada.  Oró por tercera vez, pronunciando las mismas palabras.

Pedro había sido despertado por la voz que decía: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?” (Marcos 14:37). Luego se volvió a dormir. Después de la tercera oración, Jesús les dijo: “Basta, la hora ha venido; he aquí, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores”

(Marcos 14:41). El único momento en que Pedro hubiese podido velar junto a su Maestro “en el huerto” había sido desperdiciado para siempre.

Un instante después, Getsemaní fue invadido por Judas a la cabeza de “mucha gente con espadas y palos”, que venía “de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo”. Pedro vio al traidor besar a Jesús.  Oyó la voz amada que dijo con tristeza: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mateo 26:50). Queriendo librar a su Maestro, el discípulo desenvainó su espada y cortó la oreja de Malco, un siervo del sumo sacerdote. Por ello recibió los reproches del Salvador, quien enseguida tocó la oreja del esclavo y lo curó.

A partir de entonces, Pedro siguió a Jesús “de lejos”. Fue introducido en el palacio del sumo sacerdote por Juan, a quien conocían (Juan 18:16). ¿Qué otra cosa podía hacer sino calentarse junto a los alguaciles, cerca del fuego que habían preparado? Y allí un esclavo, pariente de Malco, preguntó a Pedro: “¿No te vi yo en el huerto con él?”.

Satanás había pedido que se le permitiera zarandear a los discípulos (Lucas 22:31). El Señor había orado por ellos, especialmente por Pedro, para que su fe no desfalleciera.  No obstante, en ese momento decisivo, todos los recuerdos del huerto habían desaparecido de su memoria. Pedro solo pensaba en sí mismo, y negó a su Maestro tres veces.

Especialmente durante el culto y la celebración de la Cena, memorial de su muerte, se puede haber estado “con él en el huerto” y, no obstante, poco después, olvidarlo todo e incluso negar al Señor.  ¡No confiemos en nuestras propias fuerzas! El Señor dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14:38).  G. André

El Señor quería confiar a Pedro un trabajo importante después de Su resurrección; pero para que pudiera cumplirlo, tenía que aprender a conocerse y perder toda confianza en sí mismo. A pesar de su celo y de su gran amor, todo el poder que necesitaba para su trabajo tenía que venir del Señor. Debía haberse dado cuenta de ello cuando Jesús le advirtió, pero no lo entendió así y tuvo que pasar por una lección dolorosa. Una vez que la aprendió, Pedro pudo ser útil a sus hermanos. Pudo fortalecerlos, mostrándoles por experiencia propia que, aunque se tengan las mejores intenciones, uno solo puede estar en el servicio de Cristo y hacer frente al poder del enemigo, si desconfía por completo de sí mismo. Hay que buscar la fuerza y la sabiduría del Señor.

Extracto de «Pláticas Sencillas – Lucas» de S. Prod’hom

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“Escrito está”

Moisés puso las varas delante de Jehová en el tabernáculo del testimonio. Y aconteció que el día siguiente vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de Aarón de la casa de Leví había reverdecido, y echado flores, y arrojado renuevos, y producido almendras. Números 17:7-8

¿Quién podría negar esto? Los racionalistas pueden burlarse de ello y plantear mil cuestiones. La fe contempla esta vara cargada de frutos y descubre en ella un símbolo atrayente de la nueva creación en la que todas las cosas son de Dios. La incredulidad puede discutir alegando la aparente imposibilidad de que un trozo de madera seca haya florecido y producido fruto en una noche. A los incrédulos, a los racionalistas y a los escépticos esto les parece imposible. ¿Por qué? Porque ellos siempre excluyen a Dios. Acordémonos de esto: la incredulidad excluye invariablemente a Dios, formula sus razonamientos y luego deduce sus conclusiones en la oscuridad de la noche. No hay ni un solo rayo de luz verdadera en la esfera donde se mueve la incredulidad. Ésta excluye la única fuente de luz y deja al alma envuelta en las sombras de unas tinieblas profundas.

Es conveniente que el joven lector se detenga en ello y considere seriamente este hecho solemne; que reflexione acerca del efecto peculiar de la incredulidad, de la filosofía, del racionalismo o del escepticismo. Ese efecto comienza, prosigue y acaba excluyendo a Dios. El incrédulo se adelanta con un impío y audaz «cómo pudo ser» ante el misterio de la vara de Aarón que brota, florece y fructifica. Ese es el gran camino del incrédulo. Puede plantear diez mil cuestiones, pero jamás resuelve ninguna. Enseña a dudar de todo y a no creer en nada.

La incredulidad es de Satanás, quien ha sido, es y será el gran cuestionador. Llena el corazón de toda clase de «quizás» y de «cómo», sumergiendo a las almas en profundas tinieblas. Si logra suscitar una pregunta, ya habrá conseguido su objetivo. Pero es completamente impotente frente a un alma que cree que Dios existe y que ha hablado.  Esta es la noble respuesta de la fe a las preguntas de la incredulidad, la solución divina a todas las dificultades del incrédulo. La fe siempre introduce a Aquel que es excluido por la incredulidad. La fe piensa con Dios; la incredulidad piensa sin Dios. Diremos, pues, al lector cristiano, particularmente si es joven: No admita ninguna pregunta cuando Dios ha hablado.  Si lo hace, muy pronto Satanás lo tendrá bajo sus pies.  Su único y suficiente recurso contra él está en la respuesta firme e inmutable: “Escrito está”. ¿Qué ventaja podría tener el hombre si discutiera con Satanás basándose en sus experiencias, sus sentimientos o sus observaciones? Nuestro terreno debe ser exclusivamente este: Dios existe y ha hablado. Satanás no puede hacer nada contra ese poderoso e invencible argumento que anula a todos los demás, que le confunde y que pronto lo hace huir.

Este hecho lo vemos notablemente demostrado en la tentación de nuestro Señor. El enemigo, con sus procedimientos habituales, se acerca al Amado para insinuar una duda: “Si eres Hijo de Dios” (Mateo 4:3, 6). ¿Acaso el Señor le responde diciendo: «Sé que soy el Hijo de Dios.  Recibí este testimonio cuando los cielos se abrieron y el Espíritu descendió y me ungió. Siento y creo que soy el Hijo de Dios»? No; esa no es la manera de rechazar al tentador.  “Escrito está”, fue la respuesta, repetida tres veces, del Hombre obediente y sumiso, y debe ser también la nuestra si queremos triunfar.

Si, pues, alguno pregunta con respecto a la vara de Aarón: «¿Cómo puede ocurrir una cosa así, contraria a las leyes naturales? ¿Cómo podría Dios trastornar los principios de la naturaleza?». La respuesta de la fe es sublime en su simplicidad: Dios es todopoderoso y puede obrar según le plazca. El que llamó los mundos a la existencia puede, en un momento, hacer brotar, florecer y fructificar una vara. Si se introduce a Dios, al verdadero Dios, vivo y veraz, todo se volverá sencillo y claro; póngalo a un lado y todo se sumergirá enseguida en una confusión desesperante.  Querer someter al todopoderoso Creador del inmenso universo a ciertas leyes de la naturaleza es nada menos que una blasfemia impía. Es casi peor que negar su existencia. Es difícil decir quién es peor, si el ateo que niega la existencia de Dios, o el racionalista que sostiene que Dios no puede obrar como crea conveniente.

Sentimos la inmensa importancia de examinar las causas reales de todas las teorías verosímiles que surgen en nuestros días. El espíritu humano se ocupa de formar sistemas, sacar conclusiones y razonar en términos que excluyen completamente el testimonio de las Santas Escrituras y separan a Dios de lo que él mismo ha creado. Es necesario que los jóvenes sean seriamente advertidos de todo ello. Debe mostrárseles la inmensa diferencia que existe entre los hechos de la ciencia y las conclusiones de los sabios. Un hecho es un hecho, dondequiera que se le encuentre, en la geología, en la astronomía o en cualquiera otra rama de la ciencia; pero los razonamientos, las conclusiones y las teorías son cosas muy diferentes. La Escritura jamás menoscabará los hechos reales que la ciencia haya comprobado, mientras que los razonamientos de los sabios se encuentran a menudo en oposición a la Escritura. Y cuando se presente el caso, debemos denunciar abiertamente la incredulidad, diciendo como el apóstol: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4).  Demos siempre a las Santas Escrituras el primer lugar en nuestros corazones y en nuestro espíritu. Inclinémonos con absoluta sumisión, no ante: «Así dice la iglesia», «así dicen los padres» o «así dicen los maestros»; sino ante:“Así ha dicho el Señor”; “escrito está”. Esa es nuestra única seguridad contra la corriente invasora de la incredulidad que amenaza con destruir las bases de los sentimientos religiosos en toda la extensión de la cristiandad. Solo escaparán los que son enseñados y gobernados por la Palabra del Señor. Quiera Dios aumentar su número.

Extracto de «Estudios sobre el libro de los Números» de C. H. Mackintosh

 

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Las bodas de Caná

Hubo una boda en Caná. Léase Juan 2:1-11

Estos versículos son ante todo la imagen de un tiempo futuro, ese “tercer día” en el cual el vino provisto por el Señor nos habla del gozo del reino milenario de Cristo, cuando lo veamos como rey y como esposo a la vez.

Pero este pasaje también nos proporciona muchas enseñanzas para el tiempo actual; no hay gozo más verdadero que el que el Señor da cuando, como entonces, se le convida a toda boda cristiana, y cuando se le escucha, tal como su madre lo dice en el versículo 5: “Haced todo lo que os dijere”.

Cuando dos hijos de Dios se unen en matrimonio, nos sentimos felices de acompañarlos en tal celebración el día de su boda, y de pedir juntos al Señor que derrame sobre ellos su bendición y su gracia. Los que fundaron un hogar ya hace tiempo, conocen la importancia de estas oraciones.

El día de la boda es verdaderamente un día de gozo. El mismo Señor lo confirmó con su presencia en Caná; además, hay muchos otros pasajes en la Escritura que nos lo enseñan. Pero, ¿puede haber un verdadero gozo si los dos cónyuges no pertenecen al Señor, o si todo lo que tiene lugar ese día no es recibido de su mano ni hecho con él?

De hecho, es un día de alegría, pero también un día muy solemne. Es el principio de una vida compartida en la que será una bendición leer regularmente la Palabra de Dios, la Biblia, en familia. En esta nueva relación cada uno deberá comportarse teniendo siempre en cuenta la gloria del Señor y el testimonio que se debe rendirle. En esto uno tendrá que enfrentarse a la oposición poderosa del enemigo.  Al emprender este nuevo camino es preciso que los esposos sean conscientes de la responsabilidad que ello implica, a fin de ser preparados juntos para poder educar (¡no solo dejar crecer!) en la “disciplina y amonestación del Señor” los hijos que Dios les confíe.

Por ello es conveniente que en la fiesta de bodas, aquellos a quienes el Señor designa para presentar la Palabra insistan sobre las exhortaciones de la Escritura referentes a este tema, sin olvidar las promesas y el aliento de que tendrán necesidad los jóvenes esposos.

Si el día de la boda empieza con la presencia del Señor, es importante que el Señor conserve su lugar durante el resto de la fiesta. Debemos velar para que el ambiente que corresponde a una boda cristiana deje un hermoso recuerdo, disfrutado con el Señor y recibido de su mano.

No debemos olvidar que este día la mirada de la gente del mundo se posa sobre nosotros, como sucede en cualquier otro día. Entre los invitados y los ayudantes es muy probable que se encuentren personas inconversas que observan cómo transcurre una boda cristiana. ¿Qué impresión tendrán de ella?

Lo que ha empezado y ha seguido bajo la mirada del Señor, también podrá terminar con las palabras de este cántico:

Dejarte solo obrar 

Y marcar nuestras sendas

¡Dios de paz, Dios de amor!

Junto a Ti siempre hallar

Vivas y dulces prendas,

En cada nuevo albor, cada instante, Señor.

Así las palabras de este cántico no serán una nota discordante con lo que ha precedido, sino más bien el broche final.

Dios desea el verdadero gozo de los suyos. El salmista nos habla del nido que la golondrina ha encontrado para ella y donde ha puesto sus polluelos (Salmo 84:3). El apóstol Pablo, en Filipenses 4:8, nos recuerda que debemos permanecer en “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre”.

Si ese día ha comenzado, ha continuado y ha terminado con la presencia del Señor, esto será el feliz preludio de una vida conjunta, cuya duración será la que el Señor juzgue buena. ¡Que el deseo profundo de los dos corazones que se han unido sea que en todas las cosas Dios siempre tenga el primer lugar!

S. Cz.

 

 “El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Proverbios 18:22).

Deberes conyugales

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”  (Efesios 5:25, 28).

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas…

Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:1, 3-4).

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Firme y fiel como Daniel

El profeta Daniel es mencionado por primera vez en la Biblia cuando todavía es adolescente. Y desaparece de este escenario bíblico cuando ya es muy anciano. Durante los años de su cautividad en Babilonia, Daniel vive muchas experiencias difíciles. Pero hay algo que siempre lo caracteriza: su fidelidad a Dios.

En este artículo veremos cómo el profeta Daniel dio pruebas de su fe en las diferentes y duras etapas por las cuales tuvo que pasar.

Tiempos de exaltación: En primer lugar Daniel pertenece al linaje real, es bien parecido e inteligente. Pero su belleza no es solo física, también manifiesta una actitud interior excelente: desde joven se muestra diligente, idóneo, trabajador (Daniel 1:3-4).

Tiempos de humillación: Pero este joven lleno de esperanza es deportado en la cautividad babilónica. Aunque esclavo en un país extranjero, da una gran importancia a la ley de su Dios, por eso propone en su corazón no contaminarse con comidas ni bebidas, aunque se trate de manjares excelentes de un rey (cap. 1:6-16).

Exaltación: Al término de una formación de tres años en Babilonia, Daniel presenta un examen final ante el gran rey Nabucodonosor y supera diez veces a los intelectuales babilónicos (cap. 1:17-21).

Humillación: Poco después Daniel es un condenado a muerte: Nabucodonosor decide matar a todos los sabios de Babilonia porque son incapaces de mostrarle su sueño e interpretarlo. Al conocer la terrible orden, Daniel reacciona con tranquilidad y sensatez. Se reúne con sus amigos y ora a Dios. Entonces el Señor le revela el sueño y su interpretación.  Cuando se lo explica a Nabucodonosor, lo hace humildemente y da la honra solo a Dios (cap. 2:1-45).

Exaltación: Como Daniel pudo interpretar el sueño de Nabucodonosor, el rey lo enaltece: lo pone por gobernador sobre toda la provincia de Babilonia y lo asciende a jefe supremo de todos sus sabios (cap. 2:46-49). Sin embargo este ascenso no se le sube a la cabeza. En la primera ocasión vemos que atestigua fielmente la verdad a Nabucodonosor y no teme anunciarle el juicio de Dios (cap. 4:1-24).

Humillación: Después de la muerte de Nabucodonosor, Daniel cae en el olvido: Belsasar, el nieto de Nabucodonosor, no lo conoce (cap. 5:7-12). Sin embargo, durante el tiempo en que Daniel no es más el centro de la atención y del poder, vive en una comunión íntima con Dios y recibe de Él profecías grandiosas (cap. 7:1 y sig.; 8:1 y sig.1)). Cuando Daniel es presentado ante Belsasar para interpretar una misteriosa escritura en la pared, anuncia de nuevo, fiel y valientemente, el mensaje judicial divino (cap. 5:17-28).

Exaltación: El rey Belsasar está impresionado por la interpretación que Daniel da de la divina escritura en la pared. Entonces ordena vestirlo de púrpura, poner un collar de oro en su cuello y proclamar que Daniel es el tercer señor del reino de Babilonia (cap. 5:29). Pero Daniel no se deja impresionar por los homenajes de este hombre malo.

1) En el libro de Daniel los acontecimientos no siempre se narran en orden cronológico. Lo muestran claramente las indicaciones de tiempo al comienzo de los capítulos en cuestión.

Humillación: Esta exaltación dura solo un rato, pues esa misma noche Babilonia es conquistada por los medos y los persas. Así el poder de Daniel es anulado. Pero el profeta también permanece fiel durante el reinado de Darío de Media, involucrado en la conquista de Babilonia. En el primer año del reinado de Darío, Daniel estudia diligentemente las Santas Escrituras y comprende que la cautividad de 70 años de los judíos pronto llegará a su fin (cap. 9:1 y sig.).

Exaltación: En ese tiempo Darío establece 120 sátrapas para que administren el reino, y sobre ellos tres gobernadores, entre los cuales está Daniel. En dicha posición Daniel también se comporta impecablemente y supera a todos sus compañeros y súbditos, lo cual despierta su envidia (cap. 6:1-10).

Humillación: Los envidiosos consiguen que Darío promulgue un edicto insolente: en el transcurso de 30 días nadie puede hacer ninguna petición a “cualquier dios u hombre”, sino al rey mismo. Es una trampa astuta en la que el que fielmente ora a su Dios seguro caerá, piensan los gobernadores y los sátrapas. Y de hecho, abiertas las ventanas que dan hacia Jerusalén, Daniel sigue orando tres veces al día y expone sus peticiones delante de Dios. Como castigo es echado en el foso de los leones. El punto más humillante de su vida ha llegado. Pero también en este momento confía en Dios y un ángel enviado por Dios cierra la boca de los hambrientos leones (cap. 6:11-23).

Exaltación: Darío se alegra al ver que Dios ha librado de los animales salvajes al mejor hombre de su reino, y ordena que se reconozca al Dios de Daniel en toda la tierra. A continuación el nombre de Daniel es mencionado por doquier, y él tiene éxito durante los reinados de Darío y Ciro (cap. 6:26-29). La gloria no cambia en ninguna manera la actitud de este siervo de Dios: sigue andando con Dios incansablemente. Dios puede revelársele nuevamente, como lo muestran los capítulos 10 y 11.

Humillación: Finalmente en Daniel 12 vemos su última «humillación»: su muerte. “Y tú irás hasta el fin, y reposarás” (v. 13). Estamos convencidos de que el “muy amado” Daniel vivió para Dios hasta el último aliento.

Exaltación: No obstante, su historia todavía no ha terminado: “Y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días” (cap. 12:13). Este libro termina mencionando la exaltación definitiva de Daniel. En la resurrección, Daniel será recompensado por su fidelidad y entrega, su firmeza y perseverancia.

Nosotros nunca hemos estado en un foso de leones y tampoco reinamos sobre naciones, sin embargo, en la vida de cada uno también hay tiempos buenos y tiempos malos.  Nuestras circunstancias varían, las situaciones cambian; pero una cosa debe caracterizarnos constantemente: nuestra fidelidad, como en el caso de Daniel. ¿Está bien y tiene éxito? Entonces no se aleje ingratamente de su Señor. ¿Es su vida una bajada continua? Descanse en Dios y no pierda la confianza. Animémonos todos mediante el testimonio de Daniel, para que marchemos con fidelidad imperturbable. G. Setzer

(traducido del alemán de «Folge mir nach», 6/2013)

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Meditar La Palabra en la juventud

Repetimos a nuestros hermanos: desde su juventud empiecen a buscar la comunión con el Señor en todo, a meditar la Palabra con mucha oración. Es bueno desear ardientemente los dones espirituales (1 Corintios 14:1); pero, generalmente, un don no se desarrolla de repente a los cuarenta o cincuenta años. Es verdad que la gracia puede convertir a un hombre ya avanzando en edad, y servirse de él inmediatamente. No obstante, un joven cristiano que pierde los mejores años de su vida en el ocio, en juegos, en internet, etc. y en los placeres del mundo, es semejante a aquel que escondió en la tierra el talento que había recibido (Mateo 25: 1 8) . Perjudica su alma y deshonra al Salvador y Señor a quien debe todo.

A. H. B.

“El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de lo diligentes será prosperada”‘ proverbios 13:4

En este pasaje volvemos a encontrar al perezoso, ahora con su opuesto: el diligente(Proverbios 13:24,27 y v.4). Al dejar sin asar “lo que ha cazado” (v.27), el perezoso se priva de alimento. Acordémonos de que necesitamos un esfuerzo personal para retener y asimilar las verdades bíblicas que hemos leído u oído (tomar notas y volver a leerlas, memorizar versículos, etc … ). No seamos “tardos para oír” (Hebreos 5: 11). J. K

Canto del gallo
Juan 18:27

–Cuando el Señor Jesús fue arrestado, Simón Pedro le seguía de lejos (Lucas 22:54). Sin embargo Jesús le había dicho claramente: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora” (Juan 13:36). Pero Pedro estaba decidido a ir adonde el Señor fuera: “Mi vida pondré por ti”, le había respondido. Y con esta presunción de sus propias fuerzas siguió a Jesús hasta la casa de Caifás.
–”Mas Pedro estaba fuera, a la puerta” (v. 16). En su gracia el Señor, quien en el huerto de Getsemaní ya le había advertido sobre este peligro, puso un obstáculo en su camino, a fin de guardarlo. ¿Por qué forzar la entrada?
¿Por qué servirse de la influencia del otro discípulo que “era conocido del sumo sacerdote” para obtener una entra- da que no hubiera conseguido sin él?
–Aquel discípulo “habló a la portera, e hizo entrar a Pedro”. Juan –si efectivamentese trata de él– no se dio cuenta del mal servicio que estaba prestando a su amigo. Tenía bue- nas intenciones, quiso aprovechar sus influencias; pero
–sin duda involuntariamente– introdujo a su compañero en un lugar donde nunca tendría que haber estado.
–Tan pronto entró, una criada le preguntó: “¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?”. Pedro dijo: “No lo soy”. ¿Había pasado por alto la advertencia que Jesús le había hecho? Fuese lo que fuese, esta primera negación no lo detuvo.

–Los siervos habían encendido fuego, pues hacía frío. “Con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”. No estaba afligido por su primera negación; hacía frío y se calentaba. Estaba viendo cómo su Maestro era interrogado, cómo lo abofeteaban y lo maltrataban. Vino, pues, la segunda pregunta: “¿No eres tú de sus discípulos? Él negó, y dijo: No lo soy” (v. 25).
–Luego, “negó Pedro otra vez” (v. 27). Sin embargo, el siervo que le interrogó le había dicho: “¿No te vi yo en el huerto con él?”. Sí, Pedro había estado en el huerto con el Señor. Había participado con él en Su última cena pascual (en ese momento se instituyó la “cena del Señor”), había oído todas Sus enseñanzas posteriores (Juan 14 a 16), e incluso la extraordinariaoración que el Señor pronunció antes de entrar en el huerto (Juan 17). ¿Qué había hecho Pedro en ese huerto? ¡Dormir! Después desenvainó su espada y cortó la oreja del siervo del sumo sacerdote. Jesús le reprendió, pero todo esto no sirvió de nada.
–”Y en seguida cantó el gallo” (v. 27). Es un relato de cuyas etapas podemos sacar varias lecciones. Puede suceder que tengamos el deseo de emprender algún ser- vicio para el Señor, pero una Voz nos dice: «Aún no, es preciso que estés más formado, mejor preparado».
Algunas semanas después de que el Señor le advirtiera: “No me puedes seguir ahora”, después de que Pedro cayera y el Señor lo restaurara, volvió a decirle: “Sígueme”. Pedro le siguió, apacentó la grey hasta el momento de dejar este mundo, cumplió fielmente el servicio que el Señor le confió y finalmente dio su vida por él.
Es necesario prestar atención a las advertencias de Dios. A través de toda la Palabra vemos que Dios forma y prepara a sus siervos antes de que llegue el momento de decirles: “Id”. Pensemos en Moisés, Josué, Elías, Jeremías, Pablo y muchos otros. Empezar demasiado pronto puede conducir

no sólo al fracaso, sino también a la caída, sobre todo si tenemos la pretensión de confiar en nosotros mismos.
Aparte de esto el enemigo también tiene una táctica diferente: desanimarnos. “No podrás tú ir…” (1 Samuel 17:33). “El león está fuera; seré muerto en la calle” (Proverbios
22:13). “El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará” (Eclesiastés 11:4). Podemos encontrar toda clase de pretextos para no comprometer- nos, para no responder al llamado del Señor cuando ha llegado el momento: “Soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). “He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6). Pero el Señor responde: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande” (v. 7).
Pidamos al Señor que nos conceda el equilibrio para no actuar antes de que sea Su hora, y para que tampoco demos marcha atrás cuando él abra claramente la puerta.
G. A.
Seguir de lejos al Señor
Leemos que Pedro siguió a su Maestro “de lejos” (Mateo
26:58). Cuando se halló dentro del patio donde estaban los criados, mientras el sumo sacerdote interrogaba a Jesús, Pedro se unió al grupo que estaba alrededor del fuego, como si él fuera uno de ellos. Su objetivo era escuchar y ver lo que hacían con Jesús, sin ser reconocido como uno de los que lo seguían.
¡Cuán pronto descendemos cuando abandonamos el camino de la rectitud! Pedro había oído a su Maestro decir- le que esa misma noche lo negaría. Su respuesta mostraba una confianza absoluta en sí mismo y la certeza de que esta vez el Señor se había equivocado, porque él, Pedro, estaba dispuesto a morir antes de faltar en su lealtad hacia Jesús. El Señor siguió advirtiéndole que el peligro era muy grande e inminente, pero que había orado mucho por él para que su caída no terminara en completa ruina y des- gracia. Ni siquiera esto sirvió para que Pedro abandonara su confianza en sí mismo. Un poco más tarde, cuando la tranquilidad del huerto lo invitaba a orar y a luchar espiritualmente consigo mismo, fue vencido por el sueño. Después sacó su espada y procuró pelear con los hombres, aunque el Señor le había dicho que su enemigo era Satanás. Luego, siguiendo de lejos, se sentó en compañía de los enemigos de su Señor. Se había alejado de la presencia inmediata de Aquel que era la fuente de todo poder espiritual. Con tan malos antecedentes, no es de extrañar- se que Pedro haya caído cuando Satanás lo atacó…

De hecho, podemos decir que Pedro había caído antes de entrar en el palacio del sumo sacerdote. Su confianza en sí mismo fue lo que causó su caída. “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).

Lo mismo puede suceder con nosotros si en nuestro corazón damos lugar al espíritu de presunción o jactancia. Si quiere saber qué día un buen cristiano caerá en el pecado, le puedo decir que será el día en que deje de temer una caída. Mientras mantenga en el corazón la desconfianza en sí mismo, Dios no permitirá que sus pies tropiecen.

Sacado de «Simón Pedro», de W. T. P. Wolston

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